viernes, 28 de septiembre de 2012

LOS JUEGOS DEL HAMBRE

No puedo conocer todas las motivaciones que llevaron a la escritora Suzanne Collins a escribir una historia como Los Juegos del hambre (Hunger Games) y situarla en un entorno como el que se desarrolla.
Cierto es que las historias que se mueven en una distopía o antiutopía han sido del gusto de los escritores que han cultivado la literatura de género desde hace décadas, aunque su mayor eclosión tuvo que ver con el final de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la guerra fría.

No obstante, con la caída del muro de Berlín y el final de la confrontación entre los dos grandes bloques, por lo menos de manera aparente, este tipo de historia cayó un poco en desuso, aunque se viviera un espejismo y no una realidad.
No obstante, con la llegada de la globalización y el aumento de las desigualdades entre los países, la distopía reapareció, de nuevo, en el tablero de juego, aunque tamizada con otros elementos diferenciadores. En este caso ya no se temía a la cacareada Tercera Guerra Mundial, sino al expolio económico de unos pocos en detrimento de una gran mayoría, prácticamente el 95% de la población mundial.

Y es, precisamente, sobre la base de una opresión liderada por un selecto y adinerado grupo de personas -el cual apoya a un estado totalitario que ejerce el control absoluto sobre el resto de la población, llegando a organizar unos sangrientos juegos, los Juegos del Hambre, pero bajo una fachada de benevolencia- sobre la que se apoya la obra de Collins.

Hay quienes opinan que la trilogía de Suzanne Collins sólo es una excusa para mostrar el amor juvenil entre Katniss Everdeen y Peeta Mellark, los tribunos del Distrito 12. No obstante, su relación y todo lo que deben pasar mientras se enfrentan con el resto de los tribunos participantes en los Juegos del Hambre son sólo la excusa para que la escritora desgrane muchos de los problemas que, hoy en día, atenazan a nuestras sociedades contemporáneas.

La misma forma en la que los dirigentes del Capitolio, la ciudad desde la que se dirige el Panem, utilizan la televisión y a su presentador estrella, Caesar Flickerman, es una exageración cada vez más real de lo que ocurre en muchos países que llenan sus parrillas con la telebasura más maloliente.

Incluso las leyes que obligan a ver el resumen final de los Juegos del Hambre -una sangrienta sucesión de mutilamientos, asesinatos y excesos orquestados por los organizadores del evento- recuerdan a los eventos llamados “de interés general” programados sólo para lograr la mayor audiencia, pero sin escatimar la “carnaza sensacionalista” tan del gusto de muchas de las televisiones de nuestro país.

¿Y qué me dicen de la ciudad de Capitolio, llena de colores estridentes, esperpénticos habitantes y excesos hasta donde alcanza la vista? ¿No les recuerda a esos programas donde los ricos más horteras y pretenciosos enseñan sus mansiones, las cuales son sólo un mausoleo a su mal gusto y a su desmedido afán por el derroche?

Con todo esto, no quiero decir que la autora no sepa definir a sus personajes, o que no les dedique el tiempo necesario para que los lectores sepan quiénes son Katniss y Peeta y el resto de los personajes que se mueven a su alrededor. Lo que quiero decir es que Los Juegos del Hambre tiene dos lecturas, perfectamente integradas en su narración y la una sin la otra no lograría atraer la atención del lector, de no ser por su acertada combinación.

Al final, uno de convierte en otro de los mudos espectadores que deben asistir a la muerte de un grupo de jóvenes condenados a luchar por sus vidas, gracias al capricho de una insensible y codiciosa élite que brinda con champán mientras el resto de Panem, lo que queda del mundo tras una cruenta guerra, sobrevive con lo mínimo.

Quizás el mejor ejemplo de ello sea el instante en el que Katniss se debe presentar ante los posibles patrocinadores, ricachones que disfrutan “apadrinando” a un tribuno- para así prologar la agonía de los juegos y obtener una buena suma, fruto de las apuestas.
Kastniss, tras presentarse, trata de demostrar su valía con el arco. Al principio, los nervios le traicionan y su flecha acaba muy lejos del blanco. Tras un segundo intento, su flecha encuentra el camino hasta el centro de la diana, pero los patrocinadores ya han dejado de preocuparse por ella. ¿Solución?...Una manzana, sujeta en la boca de un lechón que los allí reunidos se disponen de devorar con la gula que les caracteriza. ¿Se imagina lo que se le ocurrirá a Kastniss?

Si quieren saber lo que pasa y cómo se desarrolla una historia tan atractiva como actual, los Juegos del Hambre merece formar parte de su biblioteca, a pesar de la desmesurada subida de los impuestos sobre los libros publicados en nuestra geografía.

LOS JUEGOS DEL HAMBRE (Hunger Games)
Susanne Collins
Libro de 396 páginas
Precio: 18 euros
ISBN: 978-84-2720-212-2
Traducción: Pilar Ramírez Tello
Imagen de la cubierta: Sinsajo con diseño original de Tim O’ Brien
Editorial Molino

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