jueves, 18 de agosto de 2011

LA VOZ Y LA FURIA

Stieg Larsson
Libro de 287 páginas
Precio: 18 euros
Editorial Destino. Colección Imago Mundi


No creo que me aventure mucho si digo que buena parte de los habitantes del planeta ha oído hablar de Stieg Larsson. Su aclamada trilogía Millenium lo ha convertido en un autor de culto, a pesar de su prematura desaparición. Al final, Larsson no pudo disfrutar del éxito cosechado por su libros, un éxito que ha ocasionado más de una batalla jurídica, aunque su faceta como escritor viene de muy atrás, sobre todo como redactor de la revista sueca Expo. Como director de la publicación, Larsson denunció el alarmante incremento del fascismo dentro y fuera de las fronteras de su país natal, así como el racismo, los abusos a las mujeres, y buena parte de las discriminaciones cometidas después del 11S.

La pluma de Larsson, al frente de Expo es dura, directa, sin evitar descalificar a quienes pretendían justificar y defender el legado del Reich de los mil años coreado por Adolf Hitler y sus secuaces. Sus artículos son un martillo pilón para quienes no quieren darse cuenta de que los países nórdicos son tan vulnerables como el resto, por mucho que sus gobiernos se empeñen en decir lo contrario.

Larsson suele nombrar a Olof Palme, primer ministro sueco asesinado en plena calle, como ejemplo de todo esto, pero, de haber continuado su labor al frente de Expo, a buen seguro que también hubiese profetizado la llegada de un engendro de la naturaleza como el noruego Anders Nehring Breivik. De hecho, en algunos de sus artículos, Larsson ya avisa de que algo como esto pudiera pasar si algunos grupos de extrema derecha lograran organizarse mejor.

La voz y la furia es un libro que merece la pena ser leído no sólo por los seguidores de Stieg Larsson, sino por todos aquellos que estén estudiando periodismo, sobre todo ahora que el poder político y económico se empeña en cocinar las noticias cuando la verdad no les gusta. Para Larsson el periodismo es otra cosa, y lo importante es contar lo que pasa, metiendo “el dedo en la llaga” si fuera necesario, con tal de abrirle los ojos al lector.

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