lunes, 15 de febrero de 2010

LORCA. EL ULTIMO PASEO

Autor: Gabriel Pozo Felgueralorca
Páginas: 414.
Precio: 18€
ISBN: 9788493585761
Almed Ediciones


Lo primero que hay que dejar claro, cuando se habla de los últimos días de vida del poeta Federico García Lorca, es que su muerte no fue un suceso colateral o un suceso poco afortunado acontecido durante los primeros días del golpe de estado, encabezado éste por el general Francisco Franco.

Su muerte fue un ASESINATO, con todas las letras, absolutamente premeditado y que respondió, como muchos otros en aquellos primeros momentos, al deseo de los sublevados por hacer desaparecer a todos aquellas personas que pudieran alzar sus voces en contra de sus acciones.

La muerte de Federico García Lorca, una de las grandes “piedras” en el zapato de la dictadora franquista -en especial durante sus dos primeras décadas- siempre ejemplificó una inequívoca muestra de la mentalidad rancia, ultra conservadora y elitista de un régimen que persiguió cualquier atisbo de racionalidad en medido de la insensatez que impregnó la dictadura franquista.
Además, la muerte de Federico García Lorca sirvió para posicionar a los militares sublevados y a sus seguidores frente a las demandas ideológicas y de poder, pretendidas por la Falange de José Antonio Primo de Rivera.

Quienes ordenaron, atraparon y llevaron a la fosa común en la que descansan los restos mortales del poeta pretendían acabar con la posición, no solamente de la Falange Española y de la JONS, en la ciudad de Granada, sino acabar con el poder de la familia Rosales, dentro de la organización falangista.

Con el paso de los años y las sucesivas revelaciones, junto a la figura del poeta han aparecido otros personajes, algunos de los cuales, no quisieron irse a la tumba sin contarle sus secretos a sus familiares. Éste es el caso de Ramón Ruiz Alonso, linotipista, fascista convencido, peón de los sublevados -sobre todo en los primeros momentos del régimen- y uno de los principales instigadores de la detención y posterior asesinato del poeta.

Ruiz Alonso, como otros muchos, ejemplifica al español que, sin saber muy bien de qué hablaba, se posicionó al lado de quienes achacaban a la Segunda República española todos los males de este mundo. El tiempo, verdugo implacable del ser humano, acabó por demostrarle a Ruiz Alonso que los males venían de aquellos a los que él, tiempo atrás, juró fidelidad y no a las ideas renovadoras y sociales que la Segunda República trató de desarrollar en nuestro país.

Sea como fuere, Ramón Ruiz Alonso, diputado de la CEDA, líder laboral, articulista, escritor de mediocre calidad y aspirante frustrado formar parte de la Falage –hay que comentar que José Antonio Primo de Rivera lo rechazó por considerarlo un “obrero amaestrado, por su pobre bagaje ideológico y por su carácter hosco y maleducado- no desaprovechó la oportunidad que se le brindó para vengarse de la afrenta sufrida ante los falangistas.

Tampoco hay que perder de vista que Ruiz Alonso conocía las obras y el poder que los textos de Federico García Lorca ejercían entre las clases menos favorecidas. Para una mentalidad como la de Ruiz Alonso, la pluma de Lorca era mucho más peligrosa que cualquier arma, dado que sus obras teatrales, por ejemplo, cuestionaban el “natural devenir de la sociedad”, dominada por las clases adineradas, la iglesia y el poder militar. Lorca atentaba, según palabras de Ruiz Alonso, contra dicha estructura y, al matarlo, el nuevo régimen se quitaba un gran peso de encima.

Dudo que otros personajes implicados en el asesinato del poeta, tales como el general Queipo de Llano o el comandante José Valdés Guzmán, ignorasen el poder de convocatoria del poeta o de su teatro ambulante, La Barraca, allá donde fuera. De todas formas, queda claro que Ruiz Alonso se tomó como algo personal el detener a Lorca y, de paso, dejar en evidencia a la familia Rosales.

Posiblemente fue Luis Rosales, poeta como Federico y su mayor valedor frente al resto de los miembros de su familia, quien mejor ha definido la personalidad de Ruiz Alonso. Tras la muerte del poeta, yo vi claro el problema: Federico murió, porque era la pieza que era necesaria para la ambición política de un cretino. Cuanto más famosa es la persona, más cebo es. Y Ruiz Alonso fue quien se vistió del prestigio de Federico. Él quiso aquel día apuntarse un tanto. Necesitaba la preponderancia de Federico para hacerse hombre. Matándolo. La intencionalidad ideológica no se puede negar. ¡Necesito, para crecer, un golpe de efecto! Y ése fue el matar a un hombre importante.

Al final, y una vez concluida la Guerra Civil, Ruiz Alonso –al igual que otros tantos peones útiles en su momento, pero desechables al terminar la contienda- se vio apartado del reparto de poder del nuevo régimen y desapareció de la escena pública. Se hizo cargo de una pequeña imprenta y se dedicó a criar a sus tres hijas. Todas ellas fueron actrices de reconocido prestigio, sobre todo dos de ellas, la mayor, Emma (Ruiz) Penella y la pequeña, Terele Pávez.

Precisamente fue a su hija mayor, Emma, a quien Ruiz Alonso confesaría buena parte de sus secretos, relativos a la muerte del poeta, antes de marcharse a los Estados Unidos, tras la muerte del dictador.

La actriz guardó la carga de un secreto que ya había castigado a la familia Ruiz desde mucho tiempo antes y, antes de morir, habló con el escritor Gabriel Pozo, contándole lo que sabía, pero con la condición de que no lo divulgara hasta su muerte. Tras la muerte de Emma Penella, en el año 2007, Gabriel Pozo se puso manos a la obra y de aquella confesión y de la figura de Ramón Ruiz Alonso, nació el libro Lorca. El último paseo. Claves para entender el asesinato del poeta, publicado por la editorial Ultramarina.

El libro, pensado como si se tratara de un texto de académico, sitúa al espectador en el momento histórico anterior al golpe de estado y luego pasa a detallar el papel de cada uno de los personajes implicados en la muerte del poeta, tratando de darles el protagonismo que cada uno desempeñó en el suceso.

No todos los protagonistas salen tan bien parados como quisieran. Eso es lo que tiene de malo analizar la historia desde muchos puntos de vista y no solamente desde la óptica de los vencedores, pero la sobriedad del texto ayuda a la mejor comprensión de las razones que motivaron a cada uno de ellos.

Puede que en algunos momentos, su lectura se pueda ralentizar por la cantidad de datos, citas, referencias y apuntes que intercala el autor para tratar de no dejar nada al azar, algo que está más que justificado a la vista de la cantidad de inexactitudes que rodean la muerte de Federico García Lorca. Sin embargo, a medida que se va profundizando en la historia, el lector termina por comprender muchas de las razones que desembocaron en la muerte del poeta y el resto de sucesos que rodearon su ejecución.

Al final, casi nadie queda bien, por mucho que muchos familiares de los protagonistas traten de justificar los comportamientos de quienes intervinieron en aquellos sucesos, pero algunas incógnitas sí son desveladas, justo cuando en nuestro país diversos colectivos quieren evitar que sucesos como los que narra el libro de Gabriel Pozo salgan a la luz.

El problema, como dijo Ian Gibson, uno de los mayores conocedores de la figura del poeta granadino es que cuando mataron a Lorca, no mataron a un escritor cualquiera. Mataron a un genio irrepetible y que solamente aparece en la sociedad, muy de tarde en tarde. Y esa verdad ya no se puede ignorar, por mucho que algunos se empeñen.

Agradezco a Eduardo Serradilla su ayuda para redactar esta reseña

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