miércoles, 14 de octubre de 2009

ENTREVISTA CON ENRIQUE DE HERIZ

L'escriptor barcelon



Enrique de Hériz, es uno de eso autores que se toma su trabajo de manera reposada y tranquila. Sus libros son el producto de una larga documentación y del gusto por encontrar las palabras precisas para trasmitir un sentimiento determinado al lector.
Escritor, traductor y persona vinculada al mundo editorial desde hace bastante tiempo, Hériz ha publicado pocas pero destacadas obras, la cuales logran no dejar indiferente a quien las lees. Con motivo de su penúltima novela, Mentira, libro publicado por la Editorial Edhasa, tuve la oportunidad de entrevistarle para así conocer más de cerca los detalles de su creación.

Tu libro es una obra muy intimista, pero a no ser que uno haya pasado por una larga enfermedad o algo, a mí no se me ocurriría escribir algo así.

- Yo creo que todo lo que uno dice sobre cómo nace un libro, no es que sea mentira, que sería muy apropiado en este caso, pero son explicaciones a posteriori, en realidad no lo sabe. Digo uno porque todos los escritores en general damos explicaciones muy elaboradas, pero que son a posteriori. Lo que tienes es como un fogonazo de una historia.

¿Y cuándo surgió ese fogonazo?

- Yo creo que todos los escritores tenemos dentro un libro, que estamos condenados a escribir y que acabaremos escribiendo algún día. En mi caso es éste. Si me pongo a posteriori a pensar qué cosas me llaman la atención de esta historia veo que hay cosas que tienen que ver con mi infancia, mi adolescencia, a pesar de que no hay ninguna de ellas que esté argumentada en la obra. Esta es una especie de ley sagrada que me impongo: en ninguna de mis tres novelas hay un suceso que me haya podido ocurrir. Para mí la ficción es un ejercicio de imaginación por encima de todo. A pesar de eso, todo tiene que ver con quién soy yo, con las experiencias que he tenido, que tiene que ver con emociones parecidas que se comentan en el libro.

¿Me puedes dar un ejemplo?

- Todo lo que tiene que ver con la reflexión de la vida y la muerte, que está presente en todo el libro, doy por hecho, aunque no es lo haya analizado así, que tiene que ver con que mi padre murió cuando yo tenía doce años, una edad muy significativa porque es el momento en el que un chico está buscando el modelo del padre, y yo tuve que inventarme esa figura.

¿De ahí Simón?

- Quizás, no de una manera consciente. Si hubiera sido así, yo no hubiera podido escribir este libro. Como elaboración a posteriori parece evidente. Un libro que tiene que ver con la vida y la muerte, que tiene que ver con la reflexión sobre como las identidades son, al fin y al cabo, invenciones y leyendas, etc pues tiene que venir de eso. Por lo menos, mi inquietud, seguro.

¿Qué es lo que quería transmitir a los lectores? Hay una gran cantidad de sentimientos mezclados en la obra.

- Yo empiezo siempre un libro, luego consigo hacerlo o no, pero empiezo siempre con la idea de contar una historia que realmente interese al lector, aunque esto último es importante en el momento en el que lo publicas, no cuando escribes. Y con la voluntad, o el anhelo de que de esa obra se desprendan emociones, reflexiones,... tantas como, siempre en un ideal, como contenga la historia.

Yo no decido a priori que quiero decirle al lector que la identidad en una gran medida es fruto de las leyendas de lo que contamos y lo que nos cuentan. Ahora, he contado una historia que termina diciendo eso. Yo no lo hago, y creo que es un error hacer esto. Hay una anécdota simpática de Borges cuando era editor de la revista Sur, en Buenos Aires. Alguien apareció allí con unos cuentos, que no le gustaron mucho, y entonces le iba comentando con una crítica muy borgiana que había cosas que sobraban. El mentado señor de los cuentos le respondió que él quería transmitir ciertas ideas a los lectores, y Borges le recomendó que les escribiera una carta, no unos cuentos.

A mí la idea de contar la historia de un drama familiar hace tiempo que me llamaba la atención, y espero que el lector saque un montón de reflexiones, entre ellas esa sobre la identidad. Que se pare a pensar en la muerte, pero de una manera distinta. En realidad me importa más que piense a partir de lo que lee, que yo darle un mensaje concreto.

¿Por qué la primera mujer española que funda una cátedra de Antropología? ¿Por qué ese papel tan importante?

- Por muchas cosas. Si la historia giraba en torno a la transmisión de leyendas familiares, que es uno de los pilares de la obra, obviamente es un papel tradicional reservado a la madre. Tenía que haber una madre. Hay dos narradoras, la madre y la hija. No me bastaba con una voz porque una de las claves del libro dentro del tema de la identidad es lo que se cuenta y cómo se recibe lo que se cuenta. Por esa razón tenía que haber alguien que cuenta las historias, la madre y el padre, aunque esté silencioso, y quien las recibe, la hija, quien, por supuesto, vuelve a contar esas historias, porque ésa es la base de la novela: estamos contando, o bien repitiendo lo que nos han contado que somos, o bien luchando muy incómodos por encontrar otra versión más creíble. De ahí que haya una madre y una hija.
Decidí que la madre fuera antropóloga por una cuestión puramente técnica.
De hecho, empecé el libro sin saber qué profesión tenía esta mujer. Yo escribo mucho a ciegas, y a veces no sé de que va hasta que ya llevo un montón de páginas. Era obvio que iba teniendo una especie de líneas bipolares entre la vida y la muerte, la verdad y la mentira, la realidad y la ficción. La de vida y muerte me interesaba mucho.

Para el personaje de Luis tuve que hablar con neurólogos para documentarme un poco. De hecho es el único personaje que parte de un caso real, un chico que conocí que tuvo un accidente de moto, y tenía el mismo diagnóstico. Hablé con el neurólogo de este caso, y con otro, muy amigo que además es un gran lector. Iba con dos preguntitas de nada a ver a mi amigo y teníamos conversaciones de horas y horas y horas. La neurología está ahora en un momento fascinante, pues se está cada vez más cerca de identificar lo que antes era materia de la filosofía y la poesía. En mitad de estas conversaciones me explicaba que la única manera de conocer algo era conocer también su contrario, por ello comentaba que la disciplina que más podía conocer a la vida era la ficción, ya que no hay manera tangible de conocer la muerte.

A partir de esa reflexión a la que di muchas vueltas decidí que esta mujer podía ser una doctora de urgencias, pero que fuera antropóloga y conociera cómo reaccionan ante la muerte muchas tribus distintas, me resultaba útil

Hablando de la cantidad distinta de tribus ¿qué hizo? ¿documentarse?

- Sí. Estuve cuatro años para escribir la novela, y tres de ellos leyendo como un obseso antropología, específicamente cómo reaccionan diferentes tribus ante la muerte. Cuando leía todo esto pensaba que me estaba metiendo en un terreno mortuorio, pero al final ha salido un libro muy vitalista.

¿Te inventaste algo de toda aquella documentación? Hay un pasaje que describe el suceso de una hombre que le pide a Isabel que le rape la cabeza. ¿Esto fue un dato que encontraste?

- Sí, digamos que por exigencia de novelista. En todos los casos lo que he hecho es incorporar la teoría de la antropología por medio de la acción, por lo tanto la acción es inventada, pero la información no. No sé de una mujer antropóloga a la que le haya ocurrido esto, pero sí sé que en esa tribu, cuando ocurre una muerte sucede eso. Fue una de las cosas más difíciles para mí: tener conciencia de que tenía toda esta información, pero que yo no estaba escribiendo un ensayo sobre la muerte en las tribus aborígenes.

¿Por qué esa obsesión de la hija por la verdad?

- Hay un momento en que ella explica que a medida de que ella se iba dando cuenta de que lo que contaba su padre no eran más que leyendas, que no ha podido constatar, no encontraba el documento oportuno. Entonces ella explica cómo podía ella luchar con su vida diaria para tener una presencia en la mente de su padre, si en realidad estaba compitiendo con leyendas.
No he hecho mucho esfuerzo por explicar a Serena, porque en la vida hay gente así. Gente obsesionada, y punto.


Me fascinó la sencillez con la que lo explicó Luis, que le dice que donde las mujeres tienen el clítoris, ella tiene la razón.

- Claro, ella tiene una obsesión sexual con la verdad. Hay mucha gente así. En su caso yo me lo explico de esa manera. Solo ha podido librarse de las sombras de las leyendas del padre construyéndose una verdad indestructible, cosa que, como es obvio, no ha podido hacer.
En la vida real me llama mucho la obsesión por la verdad demostrable, que muchas veces lo que hace es provocar construcciones mentales mucho más débiles que la ficción. Especialmente en esa lucha permanente por saber quiénes somos nos inventamos a nosotros mismos, que es lo que hace ella.
En la frase yo visualizo esa obsesión permanente por la verdad, casi algo masturbatoria. Es una cosa narcisista. Lo necesita para vivir y obtiene placer únicamente de ello.


¿Luis tiene algún problema, o se está haciendo el loco?

- Es evidente que tiene un Síndrome de Desinhibición. Cuando ya estaba escribiendo el libro, Luis tenía una misión muy concreta: era el único capaz de decir lo que pensaba por defecto. Mientras iba hablando con el neurólogo de este caso me contó que en las últimas visitas de chico se podía observar que había momentos en los que tenía conciencia de que parecía este síndrome. Por eso decidí incluir este dato.

El libro trata sobre la duda, por eso no es una novela policíaca que tenga que quedar todo atado, y a mí me interesa que la ficción se parezca a la vida, y en la vida hay un montón de cabos sueltos, cosas que suceden por el azar... Tampoco me interesaba explicar hasta qué punto tenía este síndrome Luis, y si en algún momento se daba cuenta de ello, y podía jugar con él. Al final te queda la sospecha de que él está jugando con eso.

A parte de escribir traduces, y últimamente has traducido Eragon. ¿Qué tal la experiencia?

- Yo me gano la vida, pago el alquiler y como de mis traducciones. He sido editor diecinueve años, era el director editorial de Ediciones B y lo dejé, no de un día para otro, pero sí de pronto. Curiosamente en mis novelas siempre hay algún personaje que lo deja todo de repente. Había escrito cada noche, y siempre decía que si lo podía compaginar, genial, pero que si algún día tuviera que escoger, sabía que era antes escritor que editor. Había traducido en otras épocas un montón de libros. Es un trabajo fascinante, sobre todo si no vives solo de él. El tipo con hijos que solamente traduce lo pasa canutas. En España la traducción literaria está muy mal pagada. Yo además hago reseñas de libros, colaboraciones de radio, y otras cosas, y en este caso es una profesión preciosa.

Volviendo de nuevo al libro, ¿Malaespina existe?

- No. Es un pueblecito cerca de Palamós, un lugar al que iba a pasar los veranos de niño. Me pareció justo no darle un nombre real ya que se trata de una leyenda. Este pueblecito tiene siete playas, y solo una tiene un fondo rocoso, y es a la que llaman Malaespina, y todos los del pueblo piensan que ésta es la razón. Me metí en archivos tras ver un cartelito medio borrado del Paseo de Malespina, que resulta ser un explorador famoso.
La batalla de Formigues sí que es cierta, hice lo mismo que hace Serena en el libro, y lo de la Rusa, también.
Mi intención es, después de la novela que estoy escribiendo, escribir de nuevo acerca de Malespina y bombardearlo.


¿Se trata de alguna venganza por algo que ocurrió?

- No, qué va. Es un sitio precioso y lo adoro. Me seduce contar las cuatro leyendas que quedan. Simplemente no me quiero quedar anclado ahí. Es una imagen tan poderosa que la única manera de librarme de ella es ésta. Se llamará Últimas noticias de la guerra de Malespina.

Los hermanos, ¿cómo se incluyen en la obra? Son muy secundarios.

- Eran necesarios para ir haciendo catálogo de mentiras o leyendas. Alberto servía para entrar en el éxito y el fracaso. El hecho de que se le haya adjudicado el papel del hermano con éxito le ha convertido en el líder de la familia. Pablo está obsesionado con la autenticidad. Es un personaje para reírme del mito de la autenticidad, y de mí mismo en la juventud, pues yo antes era muy como él, buscaba la autenticidad en todo.

Para finalizar ¿te gustaría decirles algo a los lectores que se han leído el libro?

- Gracias por leerlo.

De nada. Y muchísimas gracias por tu tiempo.

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