viernes, 6 de junio de 2008

LOS DULCES DE MI INFANCIA

Dominika Dery
Ediciones Maeva
296 páginas
18 euros

En la Checoslovaquia de los años 80, bajo dominio soviético, la vida es bastante dura. A la estrechez económica, la situación política del país y la opresión por parte del estado para con casi cualquier ciudadano, tenemos que sumar las penurias que les tocó experimentar a aquellos que no compartían la misma visión de estado que los comunistas. Éstos, disidentes, sufrieron en sus propias carnes la persecución política por parte de su propio país. La historia que nos relata Dominika Dery, autobiográfica para más señas, trata precisamente de estas personas, pues sus padres, Jarda y Jana, no comulgan con el régimen imperante en el país.

Debido a ello, Jarda, el padre de Dominika, no es bienvenido en algunos lugares públicos, no se le permite trabajar –aunque él consigue llevar alimentos a la mesa familiar de un modo u otro- y la madre, Jana, debe realizar libros aburridísimos de economía en los que, por supuesto, ha de maquillar las estadísticas para que resulten positivas.

Para empeorar la historia, los Dery viven -mientras Dominika es pequeña- en una casa que comparten con dos familias más, y una de ellas no tiene más cometido que vigilar qué hacen, qué dicen y qué piensan los Dery. Una vez consiguen quedarse con la casa entera -tras una argucia legal en la que se ve metido hasta el presidente de la época- empezarán los problemas con la casa y su reconstrucción, en donde seremos testigos de lo inteligente que es el padre de Dominika y de cómo sabe salirse con la suya aún cuando no tenga todas las piezas del juego a su favor.

Dominika es una niña feliz, querida, solitaria (su hermana, diez años mayor que ella, no juega con la niña) con gran imaginación y mucha fuerza de voluntad, valores que le ayudarán a superar las trabas que le pondrá el destino desde su más tierna infancia. Así, seremos testigos de la inexistente relación que tiene la familia entera con sus abuelos maternos, prebostes del régimen comunista, o de los problemas a los que se tiene que enfrentar la propia Dominika con seis años cumplidos cuando ingresa en la escuela. Además, observaremos la pasión por el ballet que tiene la niña, pasión que le llevará a conocer a uno de los mejores bailarines de la época y a recibir clases de una prestigiosa profesora, clases que se reservan, exclusivamente, para las hijitas de las mamás ricas afines al régimen.

Los dulces de mi infancia es un relato optimista que hace uso de la ironía y del sentido del humor para describirnos una situación sumamente difícil, en la que se contempla tanto la maldad de las personas que sufre la autora en sus tiernas carnes, como la bondad de otras, que entienden que las personas están por encima de cualquier movimiento político que se precie.